Los inviernos del alma
La violencia en Irán y el silencio de Occidente.
Lo más peligroso del régimen iraní no es el velo. Es la certeza moral.
Lo más peligroso de sus avales/aplaudidores de occidente, no son sus posts o sus marchas. Es la certeza moral con la que juzgan lo que pasa.
La República Islámica no se sostiene solo por la fuerza, sino por una convicción mucho más tóxica: la idea de que algunas personas poseen la verdad absoluta y que el resto debe someterse a ella. Cuando una ideología se cree infalible, deja de necesitar humanidad. Ya no tiene que escuchar. Ya no tiene que dudar. Solo tiene que imponer.
E impuesto han por casi 50 años. Los Ayatollahs. A la gente de Irán, a las mujeres iranís, y al andamiaje geopolítico internacional del que han sido titiriteros macabros durante casi medio siglo.
Por eso la crisis iraní (y la respuesta de buena parte del mundo) no es únicamente política. Es existencial. No es únicamente iraní. Es el reflejo de una crisis enorme en occidente.
Es, ahí y acá, lo que ocurre cuando una sociedad es obligada a vivir dentro de la certeza de otros. Cuando la complejidad se vuelve pecado. Cuando la ambigüedad se vuelve traición. Cuando el ser humano tiene que encogerse para caber dentro del dogma.
Es lo que hacen sanguinariamente los Ayatollahs y lo que avala la gente a miles de kilómetros de distancia que apela a la “libre determinación” de los pueblos. O peor aun, calla y voltea a otro lado porque defender a Irán, a las mujeres iranís, no es lo que demanda el último grito de la moda activista.
Forough Farrokhzad, escritora iraní de mediados del sigo pasado, lo describió como el invierno del alma.
El invierno (infierno) que han vivido los iranís por 50 años.
El invierno intelectual, de la certeza moral, de la sociedad occidental actual, que lleva menos tiempo de existir pero que se vislumbra bastante gélido,
Y las mujeres iranís pueden hoy derretir ambos inviernos. El primero por sus acciones, el segundo por la respuesta de una buena parte del mundo.
Las hijas de Irán. Aquellas que no conocieron la vida pre IRGC y que, aun así, la buscan con la naturalidad y urgencia con la que uno busca el aire después de estar sumergido bajo el agua.
Esta revolución no pertenece a los líderes en el exilio ni a los clérigos en el poder ni a los políticos internacionales. Pertenece a las jóvenes que crecieron sin conocer otra cosa que la vigilancia. A las niñas que aprendieron desde muy temprano que su cuerpo era un problema, que su cabello era una amenaza, que su risa era una provocación. A las mujeres a las que el Estado les enseñó que su piel era territorio político. Que su inteligencia era nula. Que su vida prescindible.
Ellas no luchan por una Persia perdida, nunca la conocieron. No están tratando de restaurar el pasado.
Están peleando por el derecho a tener un futuro.
Cuando una mujer iraní se quita el hijab en público, no está haciendo un gesto simbólico. Cuando prende un cigarro no es por la bocanada de sustento. Está cometiendo un acto que puede costarle la cárcel, la tortura, la violación o la muerte.
Y lo hace.
Nada más peligroso para las dictaduras que una mujer que ha perdido el miedo.
Por eso el lema de las protestas en Irán no es “abajo el régimen”.
Es Mujer. Vida. Libertad.
Y sin embargo, Occidente sigue fallando al entenderlas. O no quiere entenderlas. O les valen madres.
Y aquí es donde entra el costo a nuestra vida a nuestro propio costo, a miles de kilómetros de distancia. Nos puede valer lo que pase en Irán pero tenemos que estar preocupados por lo que pasa en nuestro patio.
Porque cada vez que relativizamos su opresión en nombre del “contexto cultural”, cada vez que reducimos su rebelión a un juego de potencias, cada vez que deslizamos el dedo y pasamos de largo frente a otra detención, otra ejecución, otra adolescente golpeada por mostrar el pelo, ayudamos a que el frío avance.
Allá y aquí.
Nos decimos que es complicado.
Que está lejos.
Nos callamos.
Así es como ganan los inviernos.
Así es como se perpetuará el invierno iraní y como avanza el invierno intelectual occidental. Así es como la certeza moral quitará toda la posibilidad de construir y debatir. Allá y aquí. Allá y aquí.
La lucha de las mujeres iranís tiene que dar pie no sólo a la caída del régimen (ojalá), tiene que dar lugar al reordenamiento de las prioridades de occidente, a eliminar las certeza moral y la ambigüedad selectiva con la que opinamos sobre lo que pasa en el mundo.
Cuando Forough escribió sobre el invierno del alma no lo hizo como una causa perdida, condenándonos a una era del hielo. Por más difícil que sea la la lucha.
Su poema acaba con etas palabras.
Tengamos fe,
tengamos fe en el amanecer del invierno del alma.
Y en el año que viene,
cuando la primavera se una al cielo
estallarán fuentes de retoños verdes—
retoños que florecen.
Tengamos fe en el amanecer del invierno del alma…
Y hoy el asomo de la primavera tiene rostro de mujer.



Que bueno que abordes el tema de Irán, los gobiernos islamistas son un peligro mortal para todas las naciones, sus fanáticos son terroristas y asesinos potenciales
Nada más peligroso para las dictaduras que una mujer que ha perdido el miedo. Me quedo con esa poderosa frase.